CÓMO NACE LA IGLESIA CASA  DE  PAN

 

La primera reunión realizada para dar inicio a esta iglesia reunió a doce personas convocadas de antemano para que oyesen la visión y el propósito de Casa de Pan.

Lo que sigue fue la exposición desarrollada por la hermana María Valarini, la persona a quien el Señor ha puesto la carga y la necesidad de la obra llamada Casa de Pan.

 

“Agradezco la presencia de cada uno de ustedes para oír lo que tengo en mi corazón, de acuerdo a la carga y a la visión que nuestro Dios ha puesto en mí vida, la cual compartiré con ustedes.

Conozco al Señor Jesús desde el año 1975, mes de julio. Llevo varios años caminando al lado del Maestro. Desde mi conversión comencé a servir a nuestro Dios. Nunca fuimos creyentes “calienta bancas”, sino que siempre quisimos participar de la obra de Dios.

Éramos de los que buscaban, de los que asistían a eventos propios para recién convertidos, de los que leíamos mucho; esto es, leíamos la Biblia pero igualmente libros escritos por buenos maestros de la Palabra de Dios.

En mi desarrollar de vida cristiana dimos varios cursos dentro de la iglesia. Por dos veces nos correspondió organizar y poner a funcionar Escuelas Bíblicas Dominicales. Dimos curso de Preparación de Maestros para la Escuela Dominical, Curso de Consejería, Curso de Pedagogía para Maestros Cristianos, Como Estudiar Eficazmente para Estudiantes de Escuela Secundaria, y otros más. Fuimos igualmente maestros de Escuela Dominical, directores de Escuela Dominical y también  diaconisa.

A pesar de servir al Señor, a pesar de desear conocerlo, aun no lo conocía como Él quería ser conocido. Llega el momento en que Dios comienza a trabajar más seriamente conmigo. Él anhela sacarme de mi zona cómoda y comenzar a prepararme y a capacitarme para lo que había programado o planeado para mi vida. Anhela ser el SEÑOR de mi vida y no solamente el SALVADOR, como lo era hasta entonces.

Estábamos en abril de 1987, cuando en un evento del Ministerio para Mujeres, AGLOW, Dios me habla en una profecía  diciéndome “Tengo un ministerio para ti, no deje que otro tome tu lugar. Solamente quiero tu obediencia y tu entrega”. En esa época realmente yo no era nada obediente. Todo era mío y no del Señor.

El 3 de mayo de este mismo año, 1987, tengo un sueño en donde me veo adentro del Lugar Santo del Tabernáculo. Puedo ver el piso de tierra y comienzo a observar los muebles que están allí adentro. Veo la Mesa de los Panes, veo el Candelero y al prepararme para observar el Altar de Incienso, que en mi conocimiento debe estar allí, no lo veo. Allí no está y me despierto sobresaltada.

Puedo entender entonces que es el mismo Dios quien me está hablando y llamando mi atención para algo muy especial. En mi vida estaba presente la Mesa de los Panes, esto es, la Palabra de Dios. Igualmente estaba presente el Candelero, una vida de servicio, de proclamar y anunciar su Palabra. Sin embargo el Señor me estaba diciendo que en mi vida faltaba algo muy importante, el Altar de Incienso que era la vida de oración y de comunión con Él. No hace falta decir que este sueño me impactó mucho, pero todavía no entraba en esa relación que Él quería conmigo,

A mediados del año 1988, finales de julio, siendo ahora la presidenta del Ministerio AGLOW, lugar al cual me llevó el Señor para establecer y fortalecer mi vida de oración, estando orando en el santuario de mi iglesia, el Señor me llama a predicar, en realidad me llamaba a anunciar a su Hijo Jesucristo. Ese día me pregunta si estoy dispuesta a ir adonde Él me envíe, para proclamar a Cristo Jesús. Bañada en lágrimas, sobrecogida por la presencia y el toque de Dios, le contesto que sí.

Por esta misma época un hermano en Cristo tiene una visión conmigo en tanto que asistía a un evento  evangelístico en Los Ángeles, USA. En esa visión mientras oía a una predicadora puertorriqueña, me ve a mí parada sobre una gran Roca, repartiendo la palabra de Dios a una multitud muy grande. Cuanto más repartía la palabra más se acercaba la Roca a las personas.

En el día en que ese hermano me comenta sobre la visión, momentos antes alguien me había dicho que me fuera para la casa porque el lugar de la mujer es en el hogar. Estaba por ir a una iglesia a predicar y me sentí golpeada por esas palabras tan desalentadoras, pero Dios en su inmenso amor y misericordia le había dicho esta mañana a su siervo que compartiera en ese mismo día la visión que le había dado sobre mi persona. Mucho tiempo después el hombre a quien Dios le había mostrado la visión la refrenda con la Escritura en jeremías 20: 7 – 11, en donde está resumida mi vida en los años que vendrían, cuando incluso pensé que todo se había acabado para mí con relación al Señor.

“ Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.  Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.  Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza.  Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada” (Jeremías 20: 7-11).

Ahora comienza en mi vida la época de lo que llamé el Monte de la Transfiguración. Fueron unos meses de intenso amor, coloquios muy íntimos, de una presencia abrumadora y maravillosa de y con mi Dios, por primera vez en mi vida cristiana. Podía oír Su voz claramente, podía experimentar su amor como nunca lo había sentido. Fue la época en que pude entender como una persona al oír su llamado puede dejarlo todo y seguirle a Él, pues yo estaba dispuesta a hacer lo mismo, ir adonde Él me llamara.

En esa época pude entender hasta la decisión de los mártires cuando preferían morir antes que negar a su Señor. En ese momento de mi vida lo acepté ya no sólo como mi Salvador, sino como mi Señor. Fue allí realmente cuando le entregué todo mi ser, toda mi vida. Le dije que hiciera conmigo lo que Él quisiera pues para mí lo más importante era hacer Su voluntad.

Tan pronto le di mi vida y mi consentimiento para que me transformara, Él toma mi palabra muy en serio y comienza a moldearme a su semejanza, dispuesto a formar en mi la vida de Cristo.

Comienza ahora el período más crítico, más difícil, más doloroso de mi vida. Sin embargo, en medio a las pruebas, al dolor, al morir cada día a mi misma, pude decirle: “Señor, si es necesario que calientes el horno siete veces más, con tal que yo salga de él sin ataduras, hágalo”. Y lo hizo, en todos los sentidos. En este momento de mi vida pensaba que este era el horno más caliente que experimentaría. El futuro me mostraría años después que lo que pasé en aquel entonces fue un juego de niños comparado con lo que vino a continuación, cuando el horno no se calentó siete, sino catorce veces más.

Mi vida ha tenido como modelo, la vida de José, el hijo  de Jacob. Tal como dice el Salmo 105: 17 – 21 à  “ Envió un varón delante de ellos; a José, que fue vendido por siervo. Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre.  Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones”

En una ocasión manejando por la carretera, llorando mucho, le digo al Señor: No es justo lo que me sucede. Y Él me contesta preguntándome: “¿Lo que le pasó a José fue justo?” No, si hablamos humanamente, realmente no fue justo, pero si había un propósito para todo lo que estaba sucediendo.

En otro momento, desesperada le pregunto al Señor: ¿Qué es lo que me pasa? No lo entiendo. ¿O es que ando en la “carne”? Bueno, tenía mucha “carne”, pero me contesta con su voz que todo lo calma y que puede secar toda lágrima: “Así como Juan el Bautista estuvo en el desierto en preparación, así estás tú”. Meses atrás Él me había dicho que yo entraría en una etapa de muerte. Muerte de todo lo natural en mi, muerte de todos mis deseos, muerte de todos mis tesoros, pues mientras tuviera mi vida llena de mi, Él nunca podría llenarme de Él mismo.

Durante estos años, aunque tuve mis momentos de altas, de bajas, de desánimo, el Señor siempre estuvo allí conmigo. La gota que desborda el vaso ocurre cuando surge la oportunidad de pastorear una iglesia que quedaba cesante por la renuncia de su pastor, quien me recomendaba como su sucesora. Mis líderes nacionales aceptan la sugerencia y están de acuerdo en incluirme en la lista de los posibles candidatos para la elección del pastor. Pero, casi siempre hay un pero, los líderes de la iglesia local no me aceptan. Esa prueba no la pasé. Aunque sabía y lo había enseñado muchas veces, que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, y que nunca debemos mirar la mano del hombre pues detrás de las manos humanas siempre está Dios, me enojé con nuestro Padre celestial, aunque en aquel entonces no lo admití. Todavía me invitaban a ministrar en prédicas o enseñanzas, pero no aceptaba las invitaciones y me fui apartando de Él.

Cada día me desanimaba más, y aunque nunca volví al mundo, me distanciaba cada vez más de Él. Caí en profunda depresión en donde quería morirme pues sabía que si no vivo para servirle no sirvo para vivir. Lo único que me conectaba en cierta manera a Dios eran las canciones cristianas que oía mientras manejaba cada vez que salía. Y siempre le decía: Aunque estoy lejos de Ti siempre podré decir que mis mejores tiempos fueron los que pasé contigo.

Si hubiera una varita mágica que me hiciera ser lo que fui la hubiera buscado. Quería volver pero no sabía como. Pero Él si sabía, y lo hizo. Usa una persona para ayudarme y Él me levanta nuevamente, y comienza otra vez su trato conmigo, trato ese que yo había interrumpido cuando no pasé la prueba de la pérdida de la iglesia.

Empieza Él a llevarme de situación en situación, y es allí donde el horno se puso catorce veces más caliente, y me ocurre lo que ocurrió a Sadrac, Mesac y Abed Nego, los amigos de Daniel allá en Babilonia ( Daniel 3). Cuando a ellos los echaron en un horno de fuego y aunque eran tres, los de afuera veían a un cuarto personaje que parecía “Hijo de los dioses”, esto es, nunca estuvieron solos, y cuando los sacan del horno lo único que se había quemado eran las ataduras que tenían al ser echados al horno.

Así pasó conmigo, nunca estuve sola, el Hijo de Dios siempre estuvo conmigo y al sacarme Él del horno lo único que se había quemado fueron mis ataduras. En mi no se ve ningún trazo de fuego ni de quemado, ni un solo de mis cabellos siquiera se chamuscó, todo fue medido a la perfecta disposición de Dios para mi vida.

Estos últimos meses fueron de trato acelerado de Dios hacia mí. Al comienzo del año inicio aquí en la casa reuniones de estudio bíblico pero al estar trabajando secularmente se me hace difícil continuar y la cierro. Intenté volver al magisterio, soy profesora de profesión, volver a dar clases, y puertas cerradas. Utilicé “palancas humanas” para lograr varias posiciones dentro del engranaje gubernamental y, puertas cerradas. Realmente era mi Dios quien no las permitía abrirse. Él me tenía algo mucho mejor preparado.

Últimamente sé lo que Él está haciendo. Así como envió su Palabra y sacó a José de la cárcel, lo mismo hizo conmigo. Él me sacó de la cárcel, quitó mis cadenas, me dio libertad, una libertad que nunca había experimentado en todos los años de seguirle. Podía decir “Si esto es una preparación para el cielo, ya estoy lista para él”.

De esa experiencia viene el abrir la casa para dar a otros de lo mucho que Dios me ha dado. Me siento rica, millonaria, y el principio del reino de Dios es dar de gracia lo que de gracia recibimos. Si tanto he recibido, si estoy rica, debo dar, debo compartir.

Ahora al iniciar las reuniones, que se inicia en un día 6 de septiembre, puedo ver que no es casualidad, es Dios interviniendo para lograr sus propósitos específicos en mi vida y en la de todos aquellos que tendrán algo que ver con este ministerio de Casa de Pan.

Cuando mi Dios empieza a darme directrices más claras puedo ver que lo que  estoy haciendo  ahora no es iniciar  un grupo, sino liderar una iglesia que está naciendo. Me hace sentir tan rica, con tantas riquezas, con tanto pan, que le pregunto ¿Cómo se llamará la iglesia? Y me contesta: “Casa de Pan”. ¿Belén?, pregunto Y Él me dice, no, no es Belén, es Casa de Pan.

Es Casa de Pan para que cuando invitemos a las personas, lo más probable es que preguntarán si es una nueva panadería y tendremos oportunidades de decirles que si es una panadería pero que el pan que aquí encontrarán les dará vida eterna. En otras palabras, el Señor nos ha dado hasta el método evangelístico a ser utilizado por los repartidores de pan de esta casa.

Estoy viviendo momentos nunca antes vividos por mí. Mi Dios me está hablando mucho con Su Palabra, mostrándome cosas que antes ni siquiera las veía, y en realidad no son cosas nuevas sino que son cosas que han estado en el corazón de Dios desde antes de la fundación del mundo, conforme nos dice su palabra.

En mi naturaleza soy muy pacata, muy de esperar que Dios lo haga todo cuando yo debo hacerlo y de querer yo hacerlo todo cuando eso le toca a Dios. Comienzo a notar cambios en mi forma de ser, ya no soy la tímida que no se atrevía a pedir nada. Me veo osada pidiéndole al Señor lo que necesito para edificar lo que Él me ha mandado.

Puedo ver que para edificar necesito tres equipos de trabajo, y se los pido al Señor. Los equipos que necesito para edificar son:

Equipo de Intercesión, Equipo de Adoradores, Equipo de Repartidores.

1.       Equipo de Intercesión: este equipo es fundamental, es la plataforma para cualquier obra que se levanta. No se puede edificar si no estamos cimentados en la intercesión. Antes de ver la victoria en el mundo natural debemos ganarla en el mundo espiritual.

2.     Equipo de Adoradores: la alabanza es otro fundamento dentro de la obra, frente a los hermanos. La alabanza es la que rompe cadenas, es la que abre los cielos de bronce para que la gloria de Dios pueda descender, es la que quita vendas y abre grilletes.

3.     Equipo de Repartidores: son los que se encargarán de repartir el pan del cielo a los hambrientos.

¿De dónde me viene esta idea? Cuando Jesús multiplica los panes, Él los bendice y se los da a los discípulos para que lo repartan. Mientras tengamos al Señor respaldándonos siempre tendremos pan para compartir con los hambrientos de este mundo.

Pasado algunos días veo otro programa por un canal cristiano y está predicando Carlos Anacondía, conocido predicador argentino. Él cuenta de una visión o sueño que tuvo en donde él mismo se veía en un lugar muy hermoso, llenos de árboles cargados de frutos, cantos de pájaros y le preguntaba a Dios si él estaba en el paraíso. Al caminar un poco él puede ver una alambrada como las de un campo de concentración y al acercarse a la cerca, ve un gran desierto y oye voces que claman por ayuda. Carlos Anacondía ve en eso la necesidad de salir de las dulces paredes de las iglesias e ir al mundo a salvar a los perdidos.

Oyendo a este hombre, quebrantada en la presencia del Señor, Dios amplía mi visión y me veo vestida con la armadura del soldado romano caminando hacia algunas personas tiradas en ese desierto, arrastrando una carreta en donde llevo un tonel de agua y una canasta de pan. Nuevamente la presencia de Dios es abrumadora y puedo vivir y entender el mensaje: hay que llevar el pan y el agua a los medio muertos del desierto del mundo, pero debemos ir con la armadura puesta pues esta gente está prisionera de un terrible tirano, de quien ya se le quitó el reino pero que aun tiene a multitudes cautivas.

El agua que daremos es la que debe salir de nosotros. Jesús dijo “El que cree en mí, de su interior correrán ríos de aguas vivas”; y mientras yo ande con Jesús tendré siempre el pan del cielo para dar de comer al hambriento.

Todo en el Señor encaja. Para que yo pueda salir como un soldado, debo tener y mantener una vida de intercesión,  pues las almas que voy a buscar están atadas, amarradas y tienen un dueño sobre ellas, que aunque está vencido todavía tiene a esas vidas encadenadas. Y mientras nadie salga para tomar ese poder que él ha perdido pero que no ha soltado, el enemigo del reino de luz seguirá dominando a esas personas.

Esa es la razón por la cual necesito ser uno que intercede a favor de los perdidos,  y ciertamente no puedo ser un intercesor si no mantengo una vida de comunión con Dios. Antes de ser un intercesor debo ser un adorador. La intercesión viene después de la adoración.

Luego, cuando ya soy un adorador y un intercesor, puedo ahora tomar mi carreta e ir a repartir el pan del cielo. Esa es la visión que el Señor me ha dado para Casa de Pan.

Estaré hablando de dos cosas: la visión y el propósito. La visión está resumida en la palabra MIR, que significa ministrar a Dios, interceder por los perdidos y repartir el pan del cielo. En esta visión está contenida toda la misión y función de la Iglesia de Cristo sobre la tierra. La misión de la Iglesia es ministrar a Dios y salvar a los perdidos. Este es el Evangelio, la vida de la iglesia.

Hoy sé que el ministerio al que Dios me está llamando es de Él. No sé lo que nos depara el futuro, pero lo que debemos estar claros es que el ministerio lo da el Señor, y si Él lo da, Él lo puede quitar. Me refiero en el caso específico del hombre o mujer de Dios que están andando en la voluntad de su Señor.

El anhelo de mi corazón hoy día es que nada ni nadie ocupe el lugar de mi Señor, porque lo he encontrado en ese tiempo como Jehová El Shadai, el Dios Todopoderoso, el Todo Suficiente para suplir todas mis necesidades. Todo lo que yo necesito en Él está. A Dios no le impresiona el ministerio porque el ministerio lo da Él. Los dones los da Él, el poder para hacer milagros lo da Él. Nada de eso le interesa porque viene de Él. Lo único que le interesa es mi corazón. Él anhela tener el corazón de cada uno de nosotros. Eso es lo más importante: que Él siga siendo el Señor de mi vida.

Por mucho tiempo he creído y creo, que una iglesia nunca será más de lo que es su pastor. Cuando pienso en eso mi corazón se alegra pues en esa etapa de mi vida hay un amor tan grande para el Señor, algo tan especial, que le digo a mi Maestro que si logro ver ese mismo amor en mis hermanos, es obra de Dios ciertamente, pero porque permití su obra en mi vida, porque acepté pagar un precio; si veo ese amor reproducido en las vidas de las ovejas que estarán bajo mi cuidado, seré la mujer más feliz en el mundo. Eso es lo más importante, amar al Señor por encima de mí misma, por encima de mis intereses, por encima de cualquier cosa.

Aprendí igualmente que lo que yo haga con el liderazgo ellos también lo harán con los demás. Lo que uno recibe uno lo puede dar. Estoy muy clara con relación a lo que Dios quiere hacer con nosotros.

La visión abarca los tres primeros puntos: Ministrar a Dios, interceder por los inconversos y repartir el pan, esto es, MIR.

Al unírsele los puntos 4 y 5 hablamos ahora de los propósitos de Casa de Pan: Ministrar a Dios, interceder por los inconversos, repartir el pan, amar a los hermanos y discipular al creyente, esto es, MIRAD.

En Juan 4: 23 vemos que Dios busca adoradores y en Ezequiel 22: 30, que busca intercesores. En toda la Biblia hay solamente dos cosas que Dios está buscando: adoradores e intercesores. Estas dos cosas están en el mismo corazón de Dios. En el libro de Apocalipsis, capítulo 4, vemos la adoración celestial, y Jesús murió, resucitó y está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. Jesús es el líder máximo de los intercesores.

Una obra no puede avanzar y ni siquiera comenzar si no hay intercesores. En la vida de los varones, los que están frente a un hogar, y también en la vida de todos nosotros, no podremos avanzar si no somos intercesores, porque es algo que Dios está buscando: adoradores e intercesores. Para mí eso se vuelve propósito a la vez que es la visión para Casa de Pan. Que esta nueva iglesia sea una iglesia adoradora, adoradora en espíritu y verdad. Eso significa ministrar a Dios. Cuando yo adoro, cuando yo alabo a Dios, estoy ministrando al Señor. 

Ministrar a Dios es servirle, es pensar que Dios está sentado en su trono y le estoy sirviéndole algo. En ocasiones, en momentos de adoración, casi puedo ver rosas como si salieran de mi boca y suben hasta la presencia del Señor, le hacen venia y luego se postran a sus pies.

Esta iglesia será una iglesia adoradora que adorará  a su Dios en espíritu y verdad. Cuando adoro a Dios eso se refleja en una vida de santidad. Es delante de su trono que Él puede mostrarme lo que hay en mi corazón,  es cuando puedo ver mi realidad, cuando puedo decir “Señor, limpia todo mi ser, quita eso de mi vida”. Muchas veces oímos en prédicas lo que debemos hacer, lo reconocemos pero no sucede nada, y eso es así porque me falta esa comunión con el Señor.  Por otro lado, cuando le adoro en espíritu y verdad, aprenderé a amarlo, aprenderé a seguirlo. No es orar y pedir que Él me bendiga en mis planes, sino que es pedir que yo le pueda seguir cada vez que Él me llamare a eso.

Conforme aparece en los propósitos de Casa de Pan, seguirle por sobre los montes y collados significa seguirle en cualquiera que sea el lugar y en cualquiera circunstancia: por los montes, por los valles, por las llanuras, por las altas montañas, por los desiertos. Eso envuelve una vida de consagración, que es lo mismo que una vida dedicada a Él, con su significado de integridad y compromiso.

Ese compromiso se va a reflejar en una vida de servicio. Jesús dijo “Si alguno me sirve, sígame... Si alguno me sirviere mi Padre le honrará”. No hay compromiso sin servicio, no hay vida cristiana sin servicio, no hay madurez sin servicio. Puedo pasar veinte años siguiendo al Señor pero si no le sirvo no he crecido. El compromiso es con el Señor, no es con el hombre.

Después de ministrar al Señor, recibo de Él el agua, el pan lo recibo de la palabra y también en ese momento que es cuando viene la revelación. En la presencia de Dios es donde busco mi provisión, y lógicamente cuanto más tiempo paso ante Él más recibo. Más tiempo en su presencia me garantiza más agua y más pan, a la vez que me hace más firme con la armadura, capacitándome para salir al mundo.

Visión para Casa de Pan, propósito para Casa de Pan, interceder por los inconversos. Sé que en el día que estemos ya en la presencia de Dios, veremos cuantas personas, aún sin conocernos oraron por nosotros, movidas por el Señor, el Intercesor sobre todos. Muchas veces oramos por personas que ni conocemos, sobretodo cuando gemimos en lenguas. Si hoy somos del Señor es porque creo que alguien nos tuvo que ganar en labores de parto.  En el reino de los cielos de lo que recibo debo dar, de allí otra razón para que seamos intercesores.

Dios está buscando, ¿podemos imaginar a Dios buscando algo? ¿Dios buscando? ¿Él no lo tiene todo? No, porque eso depende de nuestra respuesta. El Señor no puede decir a los ángeles que intercedan pues esa no es la labor de ellos, es nuestra labor. Él nos hizo reyes y sacerdotes para Él, y por eso no podemos dejar por fuera a los intercesores.

Todos somos llamados a ser intercesores, sin embargo hay personas a quienes Dios llama especialmente para esa tarea. Es a través de la intercesión que llego a tener la capacidad para amar al perdido, ¿y sabe porque eso es así? Es porque ahora amo tanto al Señor que le quiero traer esas personas que están en el reino de las tinieblas para que Él les ponga la luz que los convertirán en ciudadanos del reino de luz. El Señor pone la luz pero nosotros los traemos a Él. Y nuestro Señor se agrada de ello. Lo hacemos para agradar a nuestro Salvador.

Somos llamados a orar por la conversión de los hombres, ya sean nuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo. Dios nos pone la carga para orar e interceder si le pedimos que lo haga. Luego, cuando ya nació de nuevo, cuando ya es mi hermano, debo sostenerlo en oración para que se cimiente lo que fue sembrado y que el enemigo no pueda quitar la semilla en sus corazones. Debemos poner vallado alrededor de nuestros hermanos, que ahora se convierte en propósito para Casa de Pan.

En Mateo 14: 16, leemos “No tienen necesidad de irse, dadles vosotros de comer”. Jesús lo que hizo fue bendecir y partir el pan, dárselo a los discípulos para que lo repartieran. Repartir el pan de Dios es parte de la visión y de los propósitos. Sin embargo, si no tengo vida de ministración a Dios no tendré pan fresco, tendré pan duro que no sirve, que rompe los dientes a las personas, que les hace daño. Ese pan fresco se hornea a diario en la presencia de Dios.

Como parte del repartir el pan, está también el buscar al hambriento. En ocasiones la persona está tan débil, ya entró en un estado de inanición y no tiene capacidad de buscar el pan. Hay que ir darle primero el agua, darle nuevo aliento y luego le puedo dar de comer del pan de nuestro Dios. Busco al hambriento y le doy de comer, en nuestras familias, entre nuestros amigos. Por otro lado Dios nos va mostrar muchas cosas.

Busquemos al hambriento, presentémosle al Señor y nuestro Dios nos dirá el momento de tirar el arpón. Haciendo eso estaremos haciendo lo que Dios quiere que hagamos: dar a conocer Su Nombre entre los pueblos.

Otro de nuestros propósitos es el de amar a los hermanos. Jesús dijo que el primero mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas, con toda nuestras fuerzas, y que el segundo era amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; que en esos dos mandamientos estaba contenida toda la ley y los profetas.

Sin embargo, si no amo a Dios no puedo amar a los hermanos. Juan en su primera carta dice que si no amamos al hermano a que vemos, ¿cómo amaremos a Dios a quien no vemos? Pero, me dirán, ¿cómo voy a amar al que me hace daño? ¿Al que me molesta? Perdonando, la vida de la iglesia debe ser una vida de perdón. Y la iglesia no es un edificio, somos nosotros.

Para que la vida de la iglesia funcione debe haber un sometimiento entre todos, y que nos amemos unos a los otros tal como nos amamos a nosotros mismos. Cuando ya amamos a los hermanos entramos en otra etapa: el discipular al creyente. Hablamos de la atención personal, de la restauración integral en donde el hijo de Dios (por medio de enseñanzas y de vida práctica) va a permitir que su Padre celestial sane sus heridas y que pueda perdonar.

Si menciono un poco más sobre el discipulado diré lo siguiente: lo que el pastor haga con sus líderes, éstos lo harán con los que estarán bajo su cuidado. De lo que reciban, darán. Creo en la atención personal al liderazgo. No creo que un pastor pueda atender a todas las ovejas, para esa ayuda tendrá sus líderes, un buen equipo que lo ayudará en esa labor.

El discipulado con el equipo inicial incluirá ministración a la vida personal de cada uno. Eso tendrá que ver con la sanidad de las heridas, con la restauración integral del creyente. Entenderemos que ministramos vida con el espíritu, y si el espíritu está bloqueado por el alma herida no habrá fluir. Todos tenemos el Espíritu Santo, pero si estamos bloqueados Él no puede manifestarse. Esas verdades hay que enseñarlas. La Biblia nos enseña que el pueblo pereció porque le faltó conocimiento.

En incontables ocasiones estamos en la iglesia y nos sentimos aburridos, perdiendo de vista que estamos allí para dar y no solamente para recibir. Siempre debemos decirle al Señor que nos use como Él quiera, aunque estemos sentados y pareciera que no estamos haciendo nada. No pensemos que la vida fluye solamente del que está ministrando en adoración o en la Palabra, la vida está fluyendo de todos nosotros, si lo permitimos.

Cuando nos preparamos delante del Señor, de mi espíritu estará fluyendo vida. Dios nos usa a nosotros como canales. La palabra de Dios dice que del que cree en Jesús de su interior correrán ríos de agua viva. Recuerden, en donde quiera que estemos debemos ministrar vida, pues esa es la misión de la iglesia.

La iglesia del Señor aún no ha descubierto que todo hijo de Dios en donde esté, ya sea en el trabajo, en la escuela, en el hogar, en la universidad, allí está su ministerio. Este ministerio significa reflejar la vida de Cristo en donde estemos, es orar por los compañeros de trabajo, es bendecir mi lugar de trabajo, es bendecir, no maldecir. Es fácil bendecir lo que es mío, pero debemos bendecir lo ajeno también.

Deseo formar un ministerio laico, ¿y eso qué es? Es el deseo de que cada creyente que lo desee pueda traer semanalmente un informe de su trabajo y de lo que hizo a favor de ese trabajo durante toda la semana. En ese informe dirá si oró por sus compañeros de trabajo, si bendijo a los jefes, si pudo orar o dar una palabra de aliento a alguien. cuando el creyente logre entender que tiene un ministerio, y que ministerio no es solamente pararse a predicar o a cantar dentro de la iglesia, les aseguro que las ciudades cambiarán y veremos una Iglesia renovada, transformada, mostrando su luz sobre la mesa y no escondida bajo cualquiera cosa.

Cuando vamos creciendo en el Señor, el lugar en donde más recibimos es en la presencia de Él. Es en mi momento a solas con mi Señor en donde Él llena mi corazón y en donde sacia todas mis necesidades. La iglesia se vuelve el lugar en donde le adoro en compañía de mis hermanos y en donde mayormente doy a otros.

El discipulado incluirá  enseñanza sobre los levitas, los encargados de la adoración en el templo. Los encargados de la adoración hoy día son los levitas del nuevo pacto. Los sacerdotes presentaban al pueblo delante de Dios y hablaban al pueblo de parte de Dios, estos son los intercesores. Los príncipes eran los encargados de la parte administrativa, los que hoy repartirían los panes.

Quiero ser una pastora que exige de sus líderes pues es para ayudarlos a lograr lo que el Señor tiene ellos. Diariamente los presentaré delante del trono de la gracia. Días atrás me veía parada en una pequeña loma en un pastizal, mirando por encima de un rebaño de ovejas; cuidando, si por acaso aparecía algún lobo. Eso fue significativo porque al inicio de mi vida cristiana, un día pude verme acostada bajo un árbol y los lobos que venían y arrebataban las ovejas y ni siquiera me percataba de ello. Pasaron los años y gracias a Dios hay cambios en mis actitudes.

Al finalizar este tiempo de conversación podemos decir que en conclusión, la visión es MIR; el propósito es MIRAD. Cada asistente de Casa de Pan deberá conocer nuestros propósitos. Si no tenemos una meta nunca alcanzaremos a nada. Si no sabemos a donde vamos nunca llegaremos a ningún lugar.

“Cada hogar, cada puesto de trabajo… ¡Un lugar de bendición!”